Melbourne – Great Ocean Road

Lo mejor de llegar a la segunda ciudad más grande de Australia fue la temperatura. Después del calor infernal de Sydney (y de un año entero de verano), bajar del avión y sentir el fresquito de una noche lluviosa fue, aunque cueste reconocerlo, espectacular. Jamás pensaríamos que íbamos a coger con tanto gustito el frío.

El primer día lo dedicamos a visitar los parques y jardines de la ciudad que la verdad es que tienen su encanto. En primer lugar fuimos al Real Jardín Botánico y de camino nos encontramos el imponente Santuario del Recuerdo, que como muchos de los monumentos conmemorativos de Australia está dedicado a los soldados nacionales que tomaron parte de de las dos guerras mundiales.

Santuario del Recuerdo

Después de recorrer el parque, hicimos el paseo por la orilla del río Yarra hasta el centro de la ciudad no sin antes hacer una en la orilla para disfrutar del paisaje. Como nuestra estancia coincidió con el Australian Open, pudimos ver el ambiente de los alrededores, ya que tenían montada una especie de feria con atracciones y todo para ver los partidos allí. 

Por la tarde fuimos al Fitzroy Garden (que la verdad es que no es que nos apasionara demasiado) y después fuimos a la Federation Square a coger sitio ya que allí había una pantalla gigante para ver la final del Open de Australia que jugaban Djokovic y Thiem al rato. El ambiente estaba animadísimo, en la plaza no cabía ni un alma y mereció la pena vernos a todos con los gorritos de publicidad de Garnier de color verde fosforito que nos habían dado para protegernos del abrasador (literalmente) sol de Melbourne.

El día siguiente lo dedicamos básicamente a recorrer el centro de la ciudad y a encontrar los distintos spots de arte urbano con los que cuenta Melbourne y que le dan un encanto único. Vimos bastantes grafittis dedicados a la gravedad de los fuegos que han tenido lugar durante el verano de este año en Australia, al cambio climático y a la fauna australiana entre otros temas.

También visitamos la State Library of Victoria y su peculiar galería en la cual creo que a todos nos gustaría ir a estudiar y algo que nos gustó mucho, y sobre todo a Javi que sabe de esto, es que en la puerta de la misma hay dos tableros de ajedrez en el suelo. La biblioteca, durante el tiempo que está abierta, provee de piezas de tamaño bastante grande para que la gente que pasea por allí eche sus partidas. Nos pareció una iniciativa súper interesante y muy curiosa.

State Library of Victoria

Por la noche fuimos al enorme casino de Melbourne y para volver al hostel lo hicimos por el paseo que va también por el río Yarra pero esta vez del lado de Southbank desde el cual se puede ver todo el CBD iluminado y es muy bonito; se nos recordó un poco la de Brisbane incluso en este punto. 

Lo mejor de ese paseo fue la sorpresa que nos dimos cuando nos cruzamos de repente con Nicola y Liam con el grito en perfecto español de Javi que dijo: “¡¡¡¡HOMBREEEE!!!!” (cabe recordar que son escoceses y evidentemente no entienden una palabra de español, pero le salió del alma 😂). Con ellos habíamos quedado el día siguiente para pasar la tarde-noche. Fue un encuentro muy gracioso a la vez que inesperado y nos hizo mucha ilusión ya que teníamos muchas ganas de verlos y no nos imaginábamos para nada que fuera a ser de esta manera.

Al la mañana siguiente, mientras hacíamos tiempo para que Liam acabara de estudiar, nos dimos otro paseo por el centro de la ciudad y buscamos algún otro punto de graffitis que nos quedaban. Ya por la tarde quedamos con ellos y nos llevaron al barrio de Fitzroy por el cual estuvimos moviéndonos por los bares y disfrutando del encanto de las terrazas en las azoteas de los edificios. Sin duda fue el barrio que más nos gustó y el que elegiríamos si viviéramos en Melbourne – aunque parecer ser que no somos los únicos que lo encontramos encantador, ya que el alquiler en este suburbio es incluso más caro que en el mismísimo centro de la ciudad. 

Después fuimos a Chinatown a tomarnos la última y finalmente cogimos el famoso tranvía gratuito de Melbourne de vuelta al hostel donde nos despedimos con mucha pena de nuestros amigos escoceses deseando volver a verles pronto por Europa. 

Con este encuentro tan esperado por nosotros acabó nuestra estancia en Melbourne y daba comienzo nuestra ruta por la Great Ocean Road. Antes de empezar, ya con el coche hicimos las paradas obligatorias en St Kilda para ver los pingüinos (y alguno vimos y eso que íbamos sin ninguna esperanza) y en Brighton Beach para hacernos la famosa foto con la caseta de la bandera de Australia, aunque hay otras que también están bastante bonitas. 

Una vez hechas estas dos paradas de rigor empezamos con nuestra ruta. Después de conducir 120 km desde Brighton Beach, nuestra primera parada fue Bells beach, una playa donde tiene lugar uno de los campeonatos de surf más importantes del mundo y no es para menos porque las olas eran increíbles y el paisaje precioso.

De camino a la siguiente parada obligatoria, nos detuvimos en el faro de Aireys Inlet donde una vez más pudimos enamorarnos de las vistas que esta ruta nos estaba regalando constantemente.

Después de esto, por supuesto hicimos nuestra parada en el arco conmemorativo de la Great Ocean Road. En este arco es donde se supone que empieza oficialmente la ruta y una vez allí nos enteramos de la historia de la misma. Es curioso porque esta carretera se mandó construir básicamente para dar trabajo a los hombres de la región que habían regresado de la guerra. En un principio fue una carretera de peaje pero finalmente la hicieron gratuita y así se ha conservado hasta el día de hoy. 

La última parada del primer día fue Kennet River, más o menos en la mitad de nuestra ruta. Fuimos allí básicamente para ver koalas porque leímos en internet que había por todas partes y además de verlos (con bastante dificultad ya que estaban altísimos) nos quedamos maravillados con lo precioso que era el entorno. Después de esto, como se nos hacía tarde, decidimos ir a donde pasaríamos la noche directamente, y esto también fue espectacular, ya que íbamos solos por una carretera en medio del bosque en la que solo podíamos ver naturaleza y fauna salvaje a nuestro alrededor. Era absolutamente imponente.

De las cosas que más nos han gustado de la Great Ocean Road ha sido el hecho de conducir, además de la carretera que comentaba anteriormente, por una otra totalmente diferente, pegada a la costa, con aguas cristalinas durante prácticamente todo el recorrido y con apartaderos que te imponen casi la obligación de parar y disfrutar del paisaje y del aire fresco aunque sea por unos minutos.

Nuestro segundo día de ruta fue desde Warrnambool. La primera parada que hicimos fue The Grotto, una especie de gruta creada por la erosión del viento y las olas preciosa. La verdad es que el entorno que se ve nada más salir del coche es increíble, todo lleno de verde con el mar de fondo, y casi dan ganas de quedarse a vivir. 

Las siguientes paradas fueron The arch y el Loch Ard Gorge. Ambos lugares son preciosos, y, al igual que el anterior y que la mayoría de las localizaciones que recorrimos, la erosión de los acantilados hacen que sean parajes irrepetibles. 

Nuestra siguiente etapa fue hasta el que, según dicen, es el plato fuerte de la Great Ocean Road: los Doce Apóstoles. Y no es que para nosotros no mereciera la pena, todo lo contrario, pero otras paradas como el Loch Ard Gorge o los propios paisajes de la carretera no tienen nada que envidiarles. De vuelta a los Doce Apóstoles, estos son una formación, o más bien, eran, porque ya no son tantos, una formación de doce fragmentos de roca separados del acantilado por la erosión.

Nuestra última parada antes de volver a Melbourne para coger nuestro último vuelo fue Cape Otway. Nos dimos una vuelta por una parte del parque nacional y estábamos listos para poner rumbo a nuestro próximo destino, no sin antes, por supuesto, hacer un par de paradas por el camino para disfrutar del paisaje, buscar koalas o inmortalizar señales en la carretera que solo podrían encontrarse en Australia.

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