
Cuando llegamos a Atherton aquella noche del 5 de marzo de 2019 no teníamos idea de lo que nos esperaría ahí. Veníamos del paraíso y lo que menos nos apetecía era instalarnos en un pueblo remoto del norte de Queensland y empezar a trabajar en una granja recogiendo fruta, pero era parte de nuestro reto y allá que fuimos. Unos más que contentos que otros, claro (nótese que yo lo pasé fatal mientras que mis amiguitos se lo estaban pasando en grande).
Cuando llegamos a lo que iba a ser nuestra casa durante el próximo mes, al Atherton Travellers Lodge, el comienzo no fue del todo bueno. Para empezar, después de intercambiar unos cuantos correos con el manager del hostel concretando nuestra fecha de llegada, resultó que cuando llegamos no nos esperaban y de haber llegado media hora más tarde nos hubiéramos quedado en la calle esa noche.
Al final conseguimos hacer el check-in y Javi y Ernesto entraron a la habitación 12 a compartir habitación con dos alemanes y un inglés y yo a la habitación 8 a compartir con una holandesa. Carol, la recepcionista, nos dio nuestras llaves, tazas, platos, cubiertos y cajas y nos hizo un tour por el hostel para enseñarnos las instalaciones.
Mi entrada la verdad es que fue triunfal (nótese la ironía). Cuando llegué a la habitación, me encontré a la que fue mi compañera y amiga Angelina llorando como una magdalena, y lloraba porque yo iba a ser su nueva compañera. Resultaba que su novio, con el que ella compartía habitación hasta dos días antes, se acababa de ir y no se esperaba que alguien llegara a ocupar su espacio tan pronto. La pobre se sintió fatal por ese recibimiento y me estuvo pidiendo perdón hasta mi último día allí.
La razón por la que fuimos particularmente a ese hostel era porque se trataba de un working hostel, y desde allí nos buscaban trabajo para intentar conseguir los 88 días necesarios para extender nuestra visa a un segundo año. También fue porque nuestros amigos Litro, Marín y Dani habían estado ahí los últimos meses con el mismo propósito y nos lo recomendaron.
Al haber llegado por la noche, al día siguiente como era lógico aún no teníamos trabajo, así que aprovechamos el día para hacer la compra tanto de la comida como de la ropa de trabajo que sabíamos que necesitaríamos. También visitamos el lugar más bonito de los alrededores: el lago Eacham, y fue gracias a que Doene, la limpiadora del hostel, nos hizo de anfitriona y nos llevó allí, se fue a hacer sus cosas y luego nos recogió y enseñó algunos lugares que nos podrían ser de utilidad.
Creo recordar que los primeros en trabajar fuimos Ernesto y yo: él fue a una casa particular a arreglar el jardín y yo fui a una granja de sweet potatoes en la que me tiré medio día en un tractor plantando brotes y otro medio debajo del sol arrancando hierbas. Planazo.
Javi fue el siguiente en empezar y fue lo peor que le pasó en su vida. Fue a una granja en la que se pasó el día entero en cuclillas arrancando malas hierbas. Lo más gracioso de la historia fueron las agujetas tuvo la siguiente semana completa: no podía moverse, ni andar, ni dormir ni nada. Era graciosísimo (para él no tanto 😂).
Lo mejor de estar en aquel hostel eran los findes y lo bueno de estar “atrapado” en un sitio como aquel es que se forma una pequeña familia con la gente con la que convives las 24 horas. El plan de los viernes nunca fallaba: en el bar del pueblo de 7 a 8 de la tarde te jugabas las bebidas a rock, paper, scissors. En el momento de pedir la bebida jugabas con los camareros y si ganabas no pagabas por la bebida.
Ahí empezaba la fiesta, pero después de las 8 se seguía en el hostel. Todo el mundo ya tenia esperándoles sus cervezas, sus botellas de vinito (eso solo Ernesto) o más probablemente su caja de repugnante goon al que la verdad es que al final le conseguimos sacar algo de partido intentando convertirlo en un improvisado tinto de verano. En las fiestas había muchos juegos (solo de beber por supuesto), bailes, canciones y bastante desfase en general. Era lo mejor sin duda.
La semana siguiente Javi y yo ya empezamos a trabajar en la misma granja, Fresta, recogiendo y empaquetando aguacates de lunes a viernes. Apasionante. Ya el primer día nos dimos cuenta de lo duro que iba a ser eso. Es increíble cómo no pasan los minutos en esa situación. Cuando para nosotros parecía que había pasado al menos media hora, literalmente solo habían pasado 5 minutos. Era algo completamente insoportable. Aburridísimo. Además era aún peor porque el único descanso que teníamos era el de la comida y era de una hora y media, con lo cual hasta el descanso se nos hacía largo.
Pronto yo empecé en la granja de limas y eso era aún peor, porque aún teniendo mejores descansos el trabajo se hacía más duro. Cada vez que entraba en el árbol para coger fruta notaba cómo me chocaba contra una tela de araña, además de que los árboles de lima están llenos de espinas y no son lo suficientemente altos como para proteger un poco del sol de Queensland.
Poco después empezaron las lluvias y todo se complicaba un poco más ya que no podíamos trabajar. Más de un día nos tocó levantarnos a la hora de trabajar y esperar a que dejase de llover para ir a trabajar, cosa que no solía pasar. Fue en esos días cuando decidimos que no tenía mucho sentido seguir allí, lo primero porque estábamos aburridísimos (recordemos que estábamos en un pueblo perdido de la mano de Dios) y perdiendo dinero y lo segundo porque creíamos que no nos iba a merecer la pena pasar tanto tiempo allí para extender nuestra visa.