Bali – Aquí empezó todo

Terrazas de Tegallalang, Gianyar

Pues sí, en una de de las más de 17.000 islas con las que cuenta el país de Indonesia, y probablemente la más famosa y turística, empezamos nuestro viaje.

Después de pasar el durísimo trago de las despedidas y antes de dirigirnos al mismísimo infierno, Ernesto, Javi y yo pasamos cinco maravillosos días de vacaciones en este lugar que nos robó el corazón casi desde el primer momento. Y digo casi porque el principio no fue tan mágico. Llegamos a Denpasar por la noche y no sabíamos lo que nos esperaba al salir de la terminal. Miles y miles (no exagero) de taxistas y conductores de distintas aplicaciones por todas partes intentando ser los elegidos por nosotros sumados a la tremenda humedad que había al salir del recinto cerrado y a las millones de maletas que llevábamos por cabeza. Exagerado.

Cuando por fin logramos encontrar a nuestro conductor de Grab (aplicación como Uber o Cabify muy usada en Asia) nos pusimos de camino a nuestra preciosa villa que nos estaba esperando en pleno Ubud, pero no todos los problemas se habían terminado entonces. Cuando llegamos al barrio, algunos locales nos cortaron el paso ya que, al parecer, en Ubud estaba totalmente prohibido el paso a cualquier servicio de transporte que no fuera el taxi local. El pobre conductor no sabía qué hacer, y nosotros aún menos, que estábamos completamente perdidos y escuchando a cuatro personas discutir en balinés.

Pero misteriosamente y de repente apareció el que sería nuestro salvador esa noche. Venía con un papel en la mano y diciendo mi nombre porque resultó ser la persona que se encargaba de recoger a los huéspedes de nuestra villa. Nosotros, contentísimos de por fin poder llegar a un sitio tranquilo después de 22 horas de viaje, pagamos al conductor y nos pusimos camino de la que sería nuestra casa en los próximos 5 días.

Cuando por fin llegamos, nos quedamos sorprendidísimos con la villa y lo primero que hicimos fue sacar los bañadores, meternos en la piscina y tomarnos el coco que nos habían dejado preparado.

Al día siguiente, después de haber estado toda la noche luchando contra el insomnio, quedamos con el que iba a ser nuestro acompañante la gran mayoría del viaje: el gran Made Sumadi, nuestro guía balinés que se hacía llamar Antonio. Él y su primo (quien no hablaba una sola palabra de inglés pero siempre estaba sonriendo) fueron en buena parte los responsables de que nos enamorásemos tanto de esta isla, ya que nos la enseñaron haciéndonos partícipes de muchos aspectos de la vida balinesa desde el interior.

Ese día, el primer sitio en el que estuvimos fue la cascada de Tegenungam, y la verdad es que no pudo ser mejor comienzo porque nos encantó. Desayunamos con esas vistas increíbles y fue genial. Con respecto al desayuno, algo curioso que nos pasó y que deja mucho que desear de las personas que normalmente van a Bali fue que cuando dijimos a Sumadi que no habíamos desayunado y que si sabía algún sitio al que pudiéramos, le salió del alma decir que había un McDonalds de camino. Obviamente nos negamos y finalmente desayunamos en el mirador de la cascada.

Cascada de Tegenungam

Después de la cascada fuimos al templo del manantial sagrado en Sebatu. Fue muy curioso porque además de ser el primer templo que vimos en nuestra estancia en Bali, estaba lleno de ocas que venían a por ti si te veían con comida. Este templo también nos regaló este mítico momento que afortunadamente tenemos grabado en vídeo:

Después del templo fuimos a ver los famosos arrozales de Tegallalang y luego a comer. Era curioso porque a la hora de comer siempre nos separábamos de Sumadi y su primo ya que decían que nosotros no podíamos soportar el nivel de picante que ellos comían. Ese día comimos en un buffet con vistas al volcán y al lago y fue bastante guay.

La última parada del día sería el complejo de diez templos Gunung Kawi. Era un recinto funerario en el cual los templos estaban esculpidos en las rocas y estaban destinados a la familia real (incluidas las concubinas del rey), y había incluso zonas en las que había que pasar sin zapatos por respeto a la tradición. Fue alucinante. Además fuimos afortunados de ir a descubrir una parte del recinto que a Sumadi no había conocido hasta el momento y finalmente fue la que más le gustó.

Cuando llegamos a casa después de todo el día de un lado para otro y tras haber dormido unas pocas horas, nos pegamos un bañito en nuestra piscina, una cervecita y a dormir, que al día siguiente nos esperaba algo similar.

Lo primero que hicimos el jueves fue ir al templo de Tanah Lot. Es un templo que está construido en el acantilado y que al parecer es de los preferidos por todos los visitantes de Bali, pero la verdad es que nosotros nos quedamos un poco fríos al verlo. Esto no quiere decir que no nos gustara, pero teníamos las expectativas quizás muy altas y además se juntó que pasamos muchísimo calor, que el templo estaba completamente lleno de turistas y que la marea estaba bastante baja, y por esto tal vez no nos pareció tan espectacular.

Este día visitamos varios templos. El siguiente al que fuimos fue el de Taman Ayun. La entrada a la parte sagrada del templo está restringida para los que no vayan a practicar el rito religioso. Está formado por varias pagodas de distintos tamaños que están separados por un foso y grandes jardines. Nosotros estuvimos paseando un rato por ellos y nos llamó la atención que en una zona en concreto los árboles que estaban en peligro de extinción estaban todos etiquetados con el nombre de la especie y algunas de sus características.

El último templo que fuimos ese día fue el templo de Ulun Danu del lago Bratan y es también conocido como el templo flotante. Es el segundo templo más grande de Bali, está dedicado a los dioses del agua y está formado por nueve pagodas. Fue uno de los que más nos gustó dado el encanto que tiene por su situación en el lago y a los pies del volcán Batur, que por cierto, ese día estaba completamente tapado por nubes.

A nuestra espalda todo el volcán cubierto por las nubes

Nuestra última parada del día nos dejó totalmente sin palabras. Fuimos a los lagos gemelos Tamblingan y Buyan y no nos pudieron gustar más. Curiosamente estos dos lagos hasta el siglo XIX fueron solo uno, hasta que una erupción volcánica los separó, y la verdad es que la vista a ellos desde la carretera es completamente espectacular.

Después de este día quizás un poco más tranquilo, ya que seguíamos sufriendo los efectos del jet lag y que teníamos un poco de cansancio acumulado, hicimos la que hicimos típica visita al super para comprar unas cervecillas y nos fuimos a casa a relajarnos.

El día siguiente fue súper divertido y el más diferente de todos los que pasamos en Bali. Fuimos a hacer rafting en el río Ayung. La verdad es que fue una experiencia muy divertida, además de increíblemente barata y que definitivamente mereció la pena. Cuando llegamos allí realizamos todo el proceso de inscripción, nos dieron algunas directrices de seguridad, nos dieron el equipo y nos fuimos hacia el río. Para llegar tuvimos que bajar como millones de escalones, pero el entorno era precioso así que no nos podíamos quejar.

Una vez abajo, nos pusieron en la misma barca con una pareja asiática que debieron quedarse alucinados con el espectáculo que montamos. Empezamos la bajada del río y la verdad es que el monitor con el que íbamos era el mejor y nos llevó genial. Yo me quedaba sorprendida cuando nosotros parábamos de remar y él perfectamente llevaba solo la barca con seis personas por los rápidos.

A lo largo del camino hicimos algunas paradas para bañarnos y ver algunos enclaves interesantes como alguna preciosa cascada o la montaña esculpida con distintas figuras de todo tipo.

A mitad de camino hicimos una parada en una especie de chiringuito que tenían montado precisamente para los que estábamos realizando la actividad y fue muy entretenido. Nos tomamos unas cervecillas allí e invitamos también a nuestro monitor, que estaba evidentemente encantado, ya que el coste de la misma era el mismo que el salario que ganaba en un día de trabajo. Una cuestión muy curiosa de estos chiringuitos es que eran montados y desmontados día tras día y los dueños de los mismos bajaban cargados con todas las bebidas y aperitivos la ladera de la montaña, ya que no había otra manera de llegar hasta ese punto, pero a ellos lógicamente les merecía la pena dado el alto precio al que luego vendían los productos (alto precio a sus ojos ya que al cambio era muy barato) Allí pasamos un rato bastante agradable, y de no ser porque nuestros compañeros de barca estaban aburridos podría haberse alargado bastante más.

Después de la parada seguimos con la bajada, pero ya no fue tan espectacular, nos habían reservado lo mejor para el principio. Cuando terminamos, nos dimos una ducha, nos dieron de comer en el propio recinto y después nos fuimos para casa y pudimos disfrutar de ella bastante relajaditos durante toda la tarde.

El día siguiente era el que iba a ser nuestro último día completo en Bali y la verdad es que fue muy productivo. Lo primero que hicimos fue ir al bosque de los monos de Ubud y nos encantó. Es un parque bastante grande rodeado de vegetación por todas partes y lleno de monos, como no podía ser de otra manera. Fuimos capaces de verles en todas sus facetas: comiendo, jugando, peleándose, paseando en familia… la verdad es que cumplió todas nuestras expectativas.

Una vez terminamos nuestra visita al bosque de los monos, nos dirigimos a vivir una experiencia bastante peculiar: probar café de culo de hurón. Un café de este grano, según nos contó Sumadi en Estados Unidos valía unos 50 dólares. Incluso allí mismo donde lo probamos fue también algo caro para lo que solía costar todo, algo que nos sorprendió bastante, pero también es cierto que la manera de extraerlo es verdaderamente especial: se extraía de las heces de los hurones que previamente se habían comido el café.

En esa planta hicimos una cata de cafés de todo tipo, de distintos sabores y grados de amargura (aunque cabe decir que todos estaban bastante fuertes) y la hicimos en un mirador con unas vistas completamente espectaculares mientras cayó literalmente el diluvio universal. La verdad es que no podíamos sentirnos más afortunados.

Inmediatamente después, Sumadi nos llevó a un bosque de bambú que nos impresionó mucho. Estaba muy cerca de un pueblo bastante turístico que al parecer salió en Callejeros Viajeros, pero la verdad es que no nos apeteció mucho y después de pasar un rato agradable entre los árboles nos fuimos a nuestro siguiente destino, que probablemente fue lo que más nos gustó de todo el viaje.

La siguiente parada fue el Templo Madre o Besakih, erigido en las faldas del monte Agung y constituido por siete niveles que, según dicen, representan las distintas partes del universo. Es el templo más sagrado de Bali y está compuesto por veintidós pagodas, cada una de ellas dedicada especialmente a un gremio distinto: es decir, las familias de, por ejemplo, carpinteros, van a realizar el culto al templo dedicado a su profesión, y así sucesivamente. Es lo más increíble de todo lo que vimos sin ninguna duda. Además, nosotros tuvimos la suerte de ir cuando estaba muy próxima una de las festividades más importantes de la religión hindú, y por ello nos encontramos con el templo todo decorado y con muchas personas locales preparadas para acudir a su rito religioso y realizar sus ofrendas.

Después de la visita al Templo Madre que literalmente nos dejó sin palabras, fuimos a comer a un restaurante con vistas a unos enormes campos de arroz desde la altura que eran increíblemente espectaculares. No podíamos dejar de sentirnos afortunadísimos.

La última parada de aquel increíble día fue el Templo de la cueva del elefante (Goa Gajah). Fue el penúltimo que visitamos en nuestra estancia en Bali y la verdad es que no nos gustó mucho. Cabe decir que acabábamos de salir del templo más impresionante de Bali, por lo que después de eso, era probable que todo nos pareciera poco.

Nuestro último día fue algo más tranquilo ya que teníamos que ir al aeropuerto para coger el avión a Cairns por la tarde. Al primer sitio que nos llevó Sumadi fue a una fábrica donde se confeccionaban manualmente camisas y todo tipo de prendas con cera de abeja. Primero nos enseñaron en directo cómo se aplicaba la técnica inyectando pinchazo a pinchazo la cera en el tejido, y después nos dirigimos a la tienda donde tenían a la venta sus preciosas obras de arte.

Después de esto, nos dirigimos al último templo que veríamos en nuestra estancia en Bali: el Templo de Uluwatu o Templo del Acantilado. Las vistas desde el templo eran completamente espectaculares y además, estuvimos rodeados todo el rato de los habitantes de unos simpáticos habitantes de la zona: los monos gamberros, como los llamaba Sumadi. Eran graciosísimos, se dedicaban a robar a los turistas las gafas de sol o cualquiera de sus pertenencias y no se las devolvían hasta que nos se les daba comida a cambio por ellos. Inolvidable.

Lo último que hicimos en nuestra estancia en esta maravilla de isla fue ir a unas playas, básicamente por no quedarnos con las ganas de ver alguna playa balinesa, y la verdad es que perfectamente podíamos haber vivido sin ello. Sumadi nos llevó a un par de ellas y lo cierto es que nos las esperábamos mucho mejores y no nos sorprendieron para nada.

Después de esto ya nos fuimos hacia el aeropuerto y de camino a Australia y la verdad es que nuestra visita a Bali no nos pudo dejar con mejor sabor de boca y con unas ganas inmensas de volver. Y no será muy tarde 🙂

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