Después de mil horas de vuelos y aeropuertos por fin llegamos a Cebú. En la escala de 7 horas en Singapur teníamos pensado salir a ver la ciudad pero por algún motivo no estábamos destinados a hacerlo ese día. Cuando llegamos al aeropuerto el Grab nos costaba unos 8 dólares, así que fuimos a guardar las mochilas para no salir cargados y cuando ya estábamos listos el precio subió a 30. Decidimos esperar a que volviera a bajar porque la app decía que había una gran demanda en ese momento, pero esperamos y esperamos y no bajaba. Así que decidimos que no nos merecía la pena gastarnos 60$ (porque además leímos en internet que el precio normal era de 30$) para no ver ni siquiera la ciudad a gusto porque íbamos a estar corriendo por lo que fuimos a recoger las maletas (los 16$ mejor invertidos de nuestra vida) y ya pasamos el control y nos metimos para dentro. Nada más entramos volvimos a mirar el precio del Grab y volvía a estar en 8$… sin comentarios.
En fin, una vez en Cebú, cambiamos algo de dinero en el aeropuerto y cogimos un Grab que nos llevó a nuestro hotel. Ya en ese Grab pudimos ver el absoluto caos en las carreteras de Cebú, básicamente se rigen por la ley de tonto el último, cuando llegan a un cruce quien sea que ha entrado el primero es el que pasa, los coches se quedan a milímetros de chocarse, pero lo tienen todo controlado por lo que parece.
Una vez en el hotel, dejamos todas las cosas y nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad para cambiar dinero, comer (que llevábamos sin comer desde la hora del comer del día anterior y estábamos famélicos) y hacernos con unas tarjetas para tener datos. Lo primero salió bien ya que encontramos una casa de cambio que hacía un precio bastante bueno, lo segundo más o menos también porque al menos comimos algo (aunque fuera un Burguer King que no es que nos apasionara mucho) y lo tercero fue lo que nos dio más problemas.
Habíamos leído que había dos compañías que eran las más recomendables para tener internet más o menos en todas partes así que decidimos hacernos de una casa uno. Nos recorrimos unos cuantos 7/11 hasta que encontramos uno que vendiera sims y solamente tenía de Globe así que decidimos comprarla y seguir buscando. De pura casualidad nos encontramos una tienda Smart, la otra compañía que buscábamos, así que allí mismo compramos la otra sim y ya la activamos con el plan que le convenía a Javi. Ahora solo faltaba activar la mía. Fuimos a lo mejor a 15 sitios donde se suponía que lo hacían pero entre que muchos no sabían mucho inglés y no había comunicación y que debe ser que estábamos gafados no lo conseguimos, así que nos tocaría buscar el día siguiente en algún otro sitio porque ya estábamos destrozados y solamente queríamos irnos al hotel a relajarnos.
Así que eso hicimos, estuvimos allí un rato, más tarde bajamos a comprarnos algo de cena y nos fuimos a dormir que el día siguiente nos tocaba madrugón.
A las 6 de mañana siguiente sonó la alarma y nos pusimos de camino a la estación de autobuses para coger uno que nos llevase al puerto de Maya y allí coger un barco a la isla donde íbamos a pasar la siguiente semana: Malapascua. El autobús salió alrededor de las 7 de la mañana y no llegamos a Maya hasta cerca de las 12, y hay que tener en cuenta que es un trayecto de 130km… impresiona mucho el tiempo que lleva y lo diferente que es viajar por Asia que por cualquier país occidental. Por cierto, el trayecto nos costó a los dos 340 pesos filipinos, lo equivalente a unos 6€.
Una vez en Maya, resultó que no estábamos en el puerto desde el que salía el barco público hacia Malapascua. Nada más nos bajamos del bus, nos rodearon por todas partes a los cuatro guiris que nos éramos para ofrecernos ir en otro barco (bastante más caro por supuesto) desde allí o llevarnos en moto hasta el puerto adecuado. Al final acabamos los dos chicos fineses y Javi y yo (y obviamente todas nuestras mochilas) subidos en un triciclo motorizado como este que ni siquiera entendíamos como podía andar con todo el peso que llevaba. Afortunadamente fue solo un trayecto de 5 minutos hasta que llegamos al puerto.
Allí tuvimos que rellenar varios papeles en relación con si habíamos estado en los últimos días aunque fuera haciendo escala en China, Hong Kong o Macao por todo el tema del coronavirus, ya que la gente que lo hubiera hecho directamente tenían la entrada prohibida a Malapascua. Tomaban registro de todo, hasta nos tomaron la temperatura con una especie de sensor que parecía el aparato que usaba Will Smith en Men in Black.
Cuando acabamos de rellenar todo nos mandaron hacia el barco, y no podíamos dejar de alucinar cuando vimos el mecanismo que tenían montado para subir a él. De verdad que es increíble el choque cultural que hay, es algo que cualquier occidental jamás se podría imaginar y que te hace darte cuenta de que es extremadamente fácil vivir con muy poco si te lo propones.

Tras unos 35 minutos de viaje en barco llegamos a Malapascua, y solo nos llevó unos minutos llegar a nuestro hostel. Allí nos encontramos nuestro primer problema (que luego resultó ser el mayor alivio, al menos para mí) y es que habíamos hecho (bueno, yo jeje) mal la reserva y no teníamos habitación hasta el día siguiente, así que afortunadamente (en realidad no) nos hicieron un hueco esa noche y nos dieron un bungalow con baño privado (en qué momento). Como creo que se puede deducir, odié mucho ese lugar, pero más tarde explicaré por qué.
Una vez dejamos nuestras cosas y nos instalamos, nos fuimos a dar una vuelta para conocer un poco la zona en la que estábamos y sobre todo para tomarnos una cerveza fresquita. Por fin. Entramos a uno de los muchos chiringuitos de la Bounty Beach de Malapascua y nos pedimos la ansiada San Miguel.

Más tarde nos fuimos un sitio que había visto Javi en TripAdvisor llamado Bakhaw Kiwi, de comida típica filipina, y nos encantó. Es un sitio que es en realidad la propia casa de los dueños y te cocinan en su propia cocina. Además, en función de lo que les pidas van en ese mismo momento a comprarlo. En un sitio muy interesante al que ir si tienes tiempo, si vas con prisa mejor no porque claro, esto que contamos requiere su tiempo, pero la verdad es que es más que recomendable.
Después de comer nos fuimos al hostel a echarnos una siesta (después de habernos peleado otro rato con la tarjeta del móvil para intentar activarla de una vez) y la primera ingrata sorpresa fue la cucaracha que me encontré en la cama. Intenté no hacer un drama de ello, algo bastante difícil para mí dada mi fobia incontrolable, pero lo conseguí y me olvidé un poco del tema.
Salimos después de la siesta al bar del hostel, que era súper guay por cierto, a tomarnos algo y había música en directo. Eran un par de chicos filipinos que tocaban un cajón y el ukelele mientras cantaban la mayor parte del tiempo temazos. Nos encantaron y nos hicieron pasar un rato súper agradable.
Cuando llegó la hora de irnos a la habitación para descansar después de todo el día de un lado para otro y para que Javi estuviera fresco al día siguiente que empezaba el curso de buceo, comenzó el infierno. Nada más llegar y encender la luz salieron dos cucarachas de alrededor de nuestras mochilas y empezaron a dar vueltas a nuestro alrededor, y ahí sí que yo ya no pude controlar el horror. Se me ocurrió la idea de dejar la luz encendida pensando yo que las cucarachas iban a la oscuridad, pero no tengo muy claro que eso fuera una buena idea. A todo esto, cabe decir que resulta que el baño que teníamos, además de estar separado de la habitación nada más que por una cortina de ducha, estaba abierto por el suelo, así que obviamente podía entrar de todo. Cuando ya me estaba quedando más o menos dormida y me quité la serie que estaba viendo para irme a dormir, me di la vuelta y vi en el techo otra cucaracha (o lo que ese bicho fuera) gigante. Horror. Otra vez me desvelé y fue cuando caí que al día siguiente teníamos que hacer el check out para cambiarnos de habitación y acogernos a la reserva original y pensé que lo mejor que podíamos hacer era cancelar esa reserva y cambiarnos de sitio. Así que me puse a buscar otros hosteles y a leer opiniones (también leí las del sitio en el que estábamos y efectivamente todo el mundo decía que era repugnante) y al día siguiente a las 7 de la mañana ya estábamos en otro nuevo.
Ese día siguiente fue bastante horrendo para mí. No había dormido nada la noche anterior, pero mi estado de nervios era tal que no me sentía cansada ni con ganas de dormir. Ya en la nueva habitación intenté dormir durante el día pero no era capaz, además de que estuve gran parte del día con una taquicardia horrible.
Ese mismo día Javi empezaba con el curso de buceo, y la verdad es que también se le complicaron bastante las cosas. Puso en el documento de inscripción que había tenido una hernia discal y le habían operado hace 12 años, y por eso le tocó volverse a Cebú para encontrar un médico que le firmara un papelito diciendo que podría buscar (algo con no mucho sentido dado que ningún médico de Filipinas iba a conocer su caso, pero así fue).
Después de unas 5 horas dando vueltas por Cebú para encontrar a alguien que le firmara el justificante y acompañado de un filipino majísimo que le llevaba de un lado para otro a la vez que le hacía de conductor, por fin lo consiguió y pudo volver a Malapascua para empezar con la parte teórica del curso.
A todo esto yo no conseguí dormir nada en todo el día, pero a la hora del atardecer me salí a dar una vuelta y encontré un bar para verlo en el que además había happy hour. Allí pasé un buen ratito esperando a que Javi acabara y en un momento dado se acercó a hablar conmigo un chico español bastante majo que se llamaba Daniel y con el que tuve una conversación bastante agradable. Cuando Javi terminó, se unió a nosotros, cenamos con él y nos fuimos después a tomar unas cervecitas mientras hablábamos de todo un poco. Fue un descubrimiento de persona bastante agradable y además nos hizo pasar un rato bastante ameno e interesante.
Al día siguiente me levanté con Javi para ir a desayunar con él antes de que empezara el curso. En ese momento conocí a Ander, su instructor de buceo, y me intentó convencer para que me uniera yo también, pero después de todo el día dándole vueltas decidí que no me merecía del todo la pena y que mejor me quedaba tranquilita en el hostel.
Después de que estuvieran haciendo sus cosas de buceadores, me fui a comer con ellos y fue cuando Ander nos descubrió el mercado de Malapascua: un sitio lleno de puestos que en realidad son restaurantes de comida local con una variedad bastante amplia, muy rica y sobre todo muy barata.
Ese día ya Javi empezó a bucear como tal y lo bueno de esto es que acababa medio prontito y el día no se me hacía a mí tan largo. Fuimos a comer otra vez al mercado y cuando ya habíamos terminado y estábamos a punto de irnos, de repente oímos una voz por detrás diciendo “MÁQUINAAAAAAA” y resultaron ser Adam y Nat que habían llegado la noche anterior a Malapascua y que iban a pasar allí unos cuantos días como nosotros. Como Javi se tenía que ir, no nos enrollamos mucho, pero esa misma noche siguiente quedamos para tomar algo y cenar con ellos. Fuimos a la happy hour del atardecer y después volvimos a cenar al mismo market y prontito a dormir que al día siguiente a él le esperaban tres inmersiones y por tanto un día duro.
Y efectivamente así fue. Cuando Javi terminó de bucear y ya había conseguido el Open Water, se empezó a plantear si hacer o no el Advanced, porque habían sido unos tres días un poco frenéticos y estaba un poco cansado del mar. Como no se decidía y estaba tan reventado, ese día estuvimos bastante tranquilos en el bar de su escuela de buceo. Nos tomamos algo con Ander y cuando él se fue, aparte de quedarnos con nuestra amiga la bebé alemana (la cosa más preciosa de toda Malapascua), nos pedimos una hamburguesa para cenar ahí mismo y nos fuimos al hostel a eso de las 20:30. Antes de las 21 Javi ya estaba k.o.
A la mañana siguiente nos despertamos prontito y Javi había descansado tanto que le habían vuelto a entrar las ganas de hacer el curso y tanto fue así que escribió en ese momento a Ander y se fue directo al centro para empezar cuanto antes. Ese mismo día ya llegaba Andrés, un amigo de Javi que se unía a nosotros para una parte del viaje a Filipinas. Cuando Javi acabó sus inmersiones de por la mañana, fuimos a comer y ya a recoger a Andrés que estaba a punto de llegar. Después fuimos a que él comiera y descansara un rato mientras Javi acababa el día de buceo.
Por la tarde, Andrés y yo fuimos a ver